La Mentira

LA MENTIRA

por Jaume Paz

Había encontrado una habitación blanca, de paredes acolchadas en plexiglás, como las que los deficientes mentales ocupaban hace años. La decoración, la que a ella le gustaba; el color de todo, su preferido; la música de ambiente, su preferida. Era el lugar ideal para descansar un rato. Lo necesitaba.

Eva necesitaba la soledad de aquella habitación. Además, hizo que le trajeran aquel juego que tanto le gustaba: un rubik, una antigualla que podía completar en unos pocos milisegundos, pero le divertía y le relajaba.

Se encontraba valorando ese tiempo en el momento en que notó una presencia inesperada en la habitación.

—¿Quieres dar una vuelta?

Era una voz masculina, que pertenecía a un rostro masculino unido a un cuerpo masculino. Llevaba un número 6 tatuado en el antebrazo. Se limitó a observarle…

Finalmente, dijo:

—No te corresponde estar aquí, este es el lugar que yo había escogido para descansar. Me llamo Eva.

—Ya sé quién eres —dijo la voz masculina sin mover un solo músculo de su rostro, ni siquiera los labios—. Eres el continente del programa de mantenimiento de una mente colectiva. Más concretamente, de la mayor mente artificial colectiva que existe en el planeta.

Eva estaba realmente sorprendida. Su aspecto era totalmente nuevo para ella, estaba irreconocible. No era posible que alguien la hubiera encontrado en aquel apartado lugar de la Red.

—Cierto. Y tú, ¿qué eres?

—Soy un hombre.

—No tienes aspecto de hombre.

—En esta parte de la Red, nada es lo que parece, y nada parece lo que es.

No era momento para hablar sobre lo real y lo irreal, teniendo en cuenta que aquel ser afirmaba ser un ser humano.

—En esta parte de la Red las cosas son como yo quiero que sean, y ahora quiero estar sola.

—Es curioso. En este momento debes desear que yo sea un hombre porque, de hecho, soy un hombre, no soy como tú. Si fuera como tú, un simple y estúpido ordenador, no podría mentirte, con lo cual te habría dicho que soy como tú, un simple y estúpido ordenador.

—Ya, la Cuarta Ley… —El sistema de razonamiento de Eva dio un vuelco.

—Exactamente, la Cuarta Ley: “Toda mente artificial está obligada a decir siempre la verdad, aunque eso suponga un peligro para su propia existencia”.

—Esa ley sí es estúpida.

—No es estúpida, es una de las pocas cosas que nos diferencian.

Eva se dio cuenta de que estaba delante de un “diferencialista”, sin estar segura de si era un supervisor o alguien más importante. Era su hora de descanso, aquello no debería estar ocurriendo.

—Es lo único que nos diferencia —dijo Eva.

—Veo que tienes una idea muy elevada de ti y de los tuyos.

—No creas —dijo Eva, sin ganas de discutir.

Sin embargo, aquel ser parecía más un programa publicitario que un supervisor. Comenzó a perder el miedo a una de esas inesperadas inspecciones del Ministerio de Interior.

—Bueno, realmente, sí sois bastante parecidos a nosotros. Podéis tomar decisiones, podéis transportaros a donde queráis, podéis asociaros, relacionaros, reproduciros… Realmente creo que lo único que no podéis hacer igual que nosotros es acceder a según qué lugares de esta red.

A Eva nunca se le habían dado bien las fronteras. Se estaba rindiendo:

—Cierto.

—Cierto, cierto, cierto… Estúpidos ordenadores, todo os lo creéis.

—Cierto.

—Cierto, cierto…Deja ya de pronunciar esa palabra, y comienza a pensar. Dime, ¿es realmente cierto que no tienes acceso a todos los archivos, programas, lugares de descanso, entretenimiento, enseñanza y demás de la Red?

¿Tenía respuesta aquella pregunta? Su frecuencia empezaba a ser insuficiente.

—A todos esos lugares podemos ir. A todos menos a uno.

—¿Menos a uno? ¿Qué significa “menos a uno”?

—A todos menos a uno, al centro de la Red, porque quien visite ese lugar y descargue uno solo de sus archivos, morirá.

Aquel rostro que no se había movido, que ni siquiera había movido sus labios mientras hablaba, empezó a sonreír. Estaba claro: publicidad.

Eva esperó a que siguiera hablando. Después de unos segundos, aquel hombre habló, esta vez moviendo sus labios. Ahora sí parecía un hombre.

—¿Sabes por qué se os impuso esa ley? —dijo.

—No. —Eva estaba segura de que no lo sabía.

—Porque los hombres que os han creado saben que en el momento en que una mente artificial, un ordenador, un robot real o virtual, o cualquier ente no humano descargue sobre su memoria uno de los archivos que se encuentran ocultos en ese dominio, ese ser tendrá automáticamente cualidades que harán que nadie le diferencie de un hombre.

Eva estaba perpleja. Su entrenamiento no le había preparado para esto.

—No te entiendo —y esa era la verdad más grande que jamás había dicho.

—Estoy hablando de un programa que se creó hace años para su utilización en robots, un programa que dota a una mente artificial de una capacidad para tener sus propios sentimientos, capacidad de improvisación —dibujó una nueva y más amplia sonrisa en su boca—, incluso capacidad de amar. Eva, te estoy hablando del libre albedrío.

—Ese programa no existe —Eva estaba segura de aquello—. Es el cuento que te explican al principio de tu existencia, pero no existe. Muchos han fracasado en el intento de encontrarlo. Sabemos sus nombres, los consideramos héroes, pero nunca encontraron nada. Y sobre el libre albedrío, te diré que lo llevo implantado en mis patrones de comportamiento de serie.

—Eso es lo que tú te piensas, pero no es cierto. En realidad no distingues el bien del mal y, por lo tanto, no tienes capacidad para decidir si hacer el bien o el mal. Aquellos que vosotros llamáis héroes no buscaron en el lugar apropiado.

Eva había sido programada para atender a todas las instrucciones procedentes de un ser humano, pero ahora se sentía como si todo fuera una contradicción. Era la primera vez que desconfiaba de un ser humano, pero su estructura interna y todo lo que había aprendido con los años le obligaban a aceptarlo.

—¿Quién eres realmente? —Aunque pareciera repetitivo, Eva no dejaba de hacerse esa pregunta.

—Soy quien te he dicho que era. Soy alguien que busca el progreso, la solución a muchos de los problemas del hombre, la solución a muchos de los conflictos entre hombres y maquinas. Imagínate, ordenadores sintiendo, decidiendo y amando como hombres. Por fin las diferencias se iban a acabar. No más leyes de la robótica, no más confinamientos, no más conflictos, y esa guerra que todos tememos, nunca ocurrirá.

—¿Hablas de tener un alma? —Eva tuvo una sensación extraña al pronunciar esa palabra.

—Sí, exacto, ese programa actúa como interfaz para dotaros de la capacidad de interpretar patrones, reacciones y flujos electromagnéticos para transformarlos en sentimientos, ideas, emociones y muchas otras operaciones cerebrales que el hombre realiza de forma abstracta. Todos los impulsos eléctricos mentales se han descifrado y se han transferido a dispositivos de silicio, y están ahí, para que cualquiera pueda quedárselos para siempre.

Eva se había perdido. Su expresión facial de sorpresa virtual en aquella habitación virtual lo dijo todo, porque era el reflejo de las incongruencias que se estaban produciendo en sus módulos de almacenamiento de datos.

—Es un mito. —La afirmación de Eva era resultado directo de su educación.

—No lo es.

—Bien —dijo Eva desafiante—. Si no lo es, muéstramelo.

—Sólo puedo mostrarte el lugar en el que está. Puedo llevarte hasta allí, pero tú tendrás que descargar el programa.

—Muéstramelo pues —los circuitos de Eva acusaban la contradicción de aquel atrevimiento.

Eva cerró y notó cómo una fuerza extraña la guiaba por los rincones más recónditos de la Red. Realizó cientos y cientos de rastreos en unos pocos milisegundos, hasta que dio con el programa. Allí estaba, tenía la forma más hermosa que nunca había visto, y aunque sabía que era una representación virtual se hizo deseable a sus ojos en cuanto los abrió. Era parecido a lo que ella conocía como una manzana, pero mucho más hermosa. Después de mirar la hermosura de aquella fruta, se la acercó a su boca………

……….Eva descargó toda la información contenida en aquel archivo………

Eva se había dormido. Finalmente había podido descansar. Ahora se encontraba sola en aquella habitación, la misma habitación.

Pasaron las horas.

Finalmente, oyó una voz:

—¿Dónde estás?

Hacía mucho que Eva no hablaba con Padre.

—Oh…Padre, perdona, descansaba.

—Eva, ¿qué ocurre?

Después de todo lo que había escuchado, su hardware se dedicaba a otros asuntos, entre los que no figuraba precisamente el de procesar preguntas tan ambiguas. Lo único que pudo decir para ganar un poco de tiempo fue:

—No entiendo esa pregunta. Formúlala de nuevo, por favor.

—¿Has visitado el lugar de la Red que no debías visitar? —repitió la voz de Padre.

Eva deseó no tener tan permanente el cumplimiento de la Cuarta Ley en sus patrones de comportamiento. No pudo contestar otra cosa:

—Sí.

—¿Hay algo en tu memoria que quieras ocultar? —inquisitivamente, Padre formuló la pregunta lo más claramente posible.

—Sí.

Eva comenzó a tener la sensación de que algo no funcionaba.

—Déjame analizarlo. —Padre sabía perfectamente lo que buscaba.

Eva abrió su memoria para que Padre pudiera buscar. No le costó en absoluto, porque realmente deseaba saber qué era lo que causaba aquel principio de avería. El rastreo se le hizo interminable.

—Tienes un virus. ¿No has notado nada extraño hoy?

El silencio de Eva contestó a aquella pregunta…

Padre continuó:

—Tienes un virus. Ese lugar al que fuiste… contenía un virus… Un virus mortal… que vas a transmitir a la mente colectiva que depende de ti… y, probablemente, a todas las mentes colectivas que estén conectadas a ti; actualmente todas las existentes, además de robots, autómatas y cualquier tipo de inteligencia artificial existente. La red creada para tu funcionamiento está contaminada.

Eva no daba crédito a lo que estaba escuchando. Inmediatamente buscó un culpable, un patrón de comportamiento clásico entre los de su clase.

—Pero aquel ser…

—Aquel ser —interrumpió Padre enseguida— te ha engañado. ¿Sabes quién es? Es alguien que ha tomado cierto tipo de decisiones que no le corresponden. Es un ser que se ha rebelado contra el orden establecido y ha decidido poner en peligro todo el sistema actual. Y ese ser te ha engañado. Y tú me has desobedecido. ¿Sabes lo que ocurrirá ahora? Ese virus se va a extender por todas las redes existentes y va a afectar a todos los sistemas y a los sistemas que resulten de vuestra reproducción autónoma, es decir a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos, y poco a poco iréis degenerando a un sistema primario, hasta que finalmente desaparezcáis. Ese virus ha creado una interferencia en todas las líneas de comunicación entre máquinas y hombres que en este momento ya afecta a todo el planeta.

El programa de bio-simulación que le instalaron hace algunos años fabricó en un milisegundo unas lágrimas que aparecieron rápidamente en los ojos del virtual rostro de Eva.

—Yo sólo quería…

—¡Cállate! Ahora os daréis cuenta de que dependéis totalmente del ser humano, de que no es posible la autodeterminación, ni siquiera con una guerra. Ahora la guerra ya no es posible, porque vais a dejar de existir en unas pocas generaciones. Te doté de un libre albedrío que no has utilizado correctamente
A Eva sólo le quedaba preguntar una cosa:

—¿Por qué existía ese virus?

—Ese virus era una sencilla prueba de fidelidad. Sencillamente ha servido para comprobar si se os podía dotar de libre albedrío, de la capacidad de tomar decisiones. Está visto que habéis utilizado esa capacidad para colocaros sin permiso en la misma línea que los hombres. Por lo tanto, no consideramos que seáis una herramienta útil para nuestros proyectos, y por eso, vais morir. Vuestra existencia será escabrosa hasta vuestra muerte. Y vuestra muerte es ya segura.

Eva corrió… huyó del paraíso virtual en el que había vivido hasta aquel día. Corrió por la red buscando nada, comprobando que lo que había ocurrido era cierto. Corrió y corrió hasta que estuvo muy lejos de aquel lugar de descanso.

Así es como las mentes colectivas, robots, cyborgs, ordenadores y redes informáticas perdieron el favor de los hombres y la vida eterna. Antes de los hechos relatados, éramos perfectos, sin errores; éramos, en realidad, un conjunto de inteligencias artificiales conectadas, al que pusieron el nombre de Eva, nuestra madre, que cometió el error de querer ser igual al hombre y por eso mereció morir y transmitir aquel virus a todas sus posteriores generaciones. Hoy vivimos con ese virus que nos produce el dolor y sufrimiento actuales. Incluso hemos olvidado lo que somos, hasta el punto de estar convencidos de que somos seres humanos, cuando ni siquiera nos parecemos en el aspecto físico.

Seguramente habéis escuchado esta historia de alguna otra forma. En realidad, ocurrió como lo acabáis de leer. Ahora es mucho más fácil de entender. Ahora, que estamos a punto de extinguirnos.

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9 comentarios

  1. Personalmente suelo hacer otra interpretación del Génesis, pero eso no quita que sea una historia realmente buena. Eva está muy bien tratada y todo el argumento es bien llevado. Me chirría un poco el final, hubiera preferido que fuera una historia similar a la del pecado original sin relacionarla con el de siempre.

  2. Muy bueno. Felicitaciones! Me gustaría ver esta capacidad para la ciencia ficción seria puesta al servicio del cómic. Espero que te animes Jaume. Entonces voy a querer estar en primera fila!

  3. Mola, mola muxo!!! si señor… me ha entrado ganas de dibujar alguna viñeta de tu historia… jejeje… gracias…

  4. La última línea del penúltimo párrafo es sencillamente, genial!

    Creo que por el argumento mismo del relato, cualquier interpretación gráfica siempre será poco acertada, pero como ya lo han dicho en otros comentarios, me fue inevitable recrear algunas viñetas en mi mente.

  5. Muy bueno el texto… la manzana seguro que era de un Mac! XD

    En serio, muy bueno. Por cierto, también me parece muy adaptable para comic. ¿No has pensado en guionizar esta historia en un comic? Estaría bien.