Jessie P.

Jessie P. se abrió paso entre el gentío de la Oficina Axial tal como un alud inevitable embiste a un frágil y pequeño pinar. Algunos lograron hacerse a un lado a tiempo; otros, no. “¡Eh, mujer, más cuidado!”, gritó uno, agitando un brazo humeante manchado de café. El pasillo central, que dividía en dos grandes sectores a los incontables despachos rectangulares de la oficina, parecía una emotiva revolución blanca; tras el paso de la vieja Jessie, cientos de papeles se alzaron en el aire y luego procedieron a caer livianamente por todo el salón (y en un desorden escandaloso, para algunos). “¿Qué problema tiene esta señora, por Dios?”, protestó un fulano bajito al tiempo que resolvía el humilde caos que se había gestado en su gabinete. El pasillo central se había llenado de rumores.

Ante los ojos de la mujer iba acercándose, a medida que avanzaba, la puerta de vidrio granulado con el rótulo “Dirección”. Jessie adivinaba en la distancia la silueta larga y calva de John “Equis” Smith, sentado tras su pequeño despacho con las manos entrelazadas sobre la mesa y la mirada al suelo. Sobre su cabeza, un poco a la derecha, una pantalla reproducía incesantemente la publicidad de la Matriz Literaria Internacional. Le había quitado el sonido.

Una vez llegó a destino, Jessie tragó una larga y ácida gota de saliva, miró el manojo de papeles que sostenía en su mano, cerró los ojos y dio dos golpes breves contra la puerta.

—Adelante.

El rostro hombre que la miraba era poco menos que una bola de billar con pretensiones antropomorfas. Sobre su nariz se apoyaban unas gafas negras que acababan en dos finas púas superiores. Inclinó el cuerpo hacia delante y entrecerró los ojos. Tenía una mirada inquietante. No era común que los empleados acudiesen por propia voluntad al despacho del Director, a menos que… —John suspiró—. Sí, una real pena, hacía tiempo que se lo veía venir: la vieja y buena de Jessie P. con problemas lógicos.

—¿Qué desea, Jessie? No es común verla por aquí —dijo con media sonrisa, en una expresión elegante y cortés.

La mujer, circunspecta y rígida, vibró de pies a cabeza; sin pensarlo, agitó en el aire los papeles que llevaba en la mano.

—¡No encuentro las palabras! —gimió.

El otro asintió.

—Ajá.

—Es que… Señor Director, en serio, ¡¿Dónde están las palabras que faltan?! ¿Y mis conceptos de filosofía, psicología, ética? El eje Y tiene un punto negro en la cima. ¿Y mis recuerdos literarios, Señor? El eje Y tiene un punto negro en la cima —Ahora la mujer se acercó en dos zancadas hasta el escritorio, al borde de la histeria; ¿por qué repetía aquello del eje Y?, ¿De qué cima hablaba? ¿Por qué no hallaba las palabras siquiera para transmitir aquella incertidumbre? Jessie, durante todo el rato, no dejó de agitar con vehemencia el piloncito de papeles que llevaba consigo, que estaba compuesto de viejos artículos, reseñas, notas. Al verla venir, John se echó hacia atrás con cuidado y la observo cautelósamente.

—Jessie… —meditó un segundo—. Jessie, ¿cuánto hace que trabaja usted en nuestras oficinas?

La mujer cerró los ojos y procesó la respuesta.

—Treinta y dos años, cuarenta días, seis horas, dieciocho minutos y contando… Produje sesenta y cinco novelas: eróticas, de ciencia ficción, de horror, infantiles…, noventa y siete columnas para el Global Daily, y…

—Está bien…

—…también hice cientos de críticas de cine y teatro. Si sacamos la cuenta serían…

—Está bien, está bien, tranquila, Jessie —Se incorporó, dio la vuelta al escritorio y se sentó en el borde frente a la mujer. Había llegado la hora de dictar sentencia; era algo que siempre disfrutaba—. Como usted bien sabe, mi querida Jessie, porque es algo que conoce desde el momento en que fue dada de alta en la Matriz Literaria, todos los androides poseen una vida útil… Quizá suene algo duro, pero es la realidad. ¿Recuerda a Malcom P.? —La mujer asintió y el sudor en su rostro se agitó y cayó al suelo—. El muchacho trabajaba muy bien, realmente, produjo casi el doble que usted y en la mitad de tiempo, claro que fue un caso excepcional, pero, a lo que iba, tarde o temprano todos tienen una pequeña “fisura” en el sistema y, bueno, empiezan a fallar —sonrió con malevolencia—. Es curioso, porque fueron hechos para sentir angustia, sensación de pérdida ante un empleo, tristeza, dolor físico, hasta pasiones religiosas, no obstante, era necesario que algunos vocablos no estuvieran a su disposición por una cuestión de seguridad…

—Conozco todos los vocablos de cada lengua —soltó Jessie—. Y, para su información, ¡Dios existe! —Una vena sintética se le hinchó a la altura de la yugular.

El otro asintió sonriendo.

—Claro, en su sistema neuro-robótico sí existe, si fueron hechos, incluso, para envejecer…

—¡No quiero quedarme sin empleo!

—No se trata de empleo.

—¡Tengo una familia, un hogar, no puedo quedarme sin empleo! El eje Y tiene un punto negro en la cima.

John no pudo evitar una carcajada, pero luego se disculpó. “Estos bichos yerran cada vez más gracioso”, pensó.

—Otra vez, no se trata de un simple empleo. La cuestión es más simple, Jessie, hay miles de androides en el paro, interminables colas y colas de mujeres y hombres como usted que buscan serles útiles a la sociedad humana. Gracias a su servicio, es cierto, los humanos gozamos de una cultura y una comodidad que en otro tiempo fue utópica; bueno, claro que somos apenas unos doscientos mil humanos, pero el caso es que…, el caso es que sin su mano de obra se desataría un caos inimaginable y es por eso que demandamos eficiencia.

—¿Piensa despedirme?

El otro negó.

—Jessie, asumo que nunca se preguntó por qué todos los androides se apellidan “P.”, ¿verdad? —la mujer pensó, pero nunca había reparado en eso; no estaba en los planes de trabajo. Comprendió vagamente lo de los vocablos ocultos.

—No, no lo sé.

—Es un sistema de hibernación por clave. Durante el proceso, su disco rígido y su memoria virtual serán reseteadas y luego volverá a la vida como una trabajadora más: saludable y eficaz como un reloj. —La mujer esbozó una sonrisa—. Claro que el proceso dura cien años…

Hubo silencio.

—No puede hacerlo… —gimió ella.

—Pero debo.

—¡No!

—Fue un placer trabajar con usted, Jessie Pro…

—¡¡No!! —se agarró la cabeza. Más allá del vidrio, algunos empleados voltearon a mirar. Jessi, instintivamente, había activado un altoparlante bajo su mentón.

—Jessie Program —concluyó el otro, antes de que la mujer desatase un escándalo. En cuestión de un instante debería estar quieta y ausente. A los demás oficinistas, estas cosas no tenían por qué interesarles.

De pronto John se convirtió en un montón de números cayendo en vertical. La realidad, el mundo amado, sus compañeros, su hija, eran información cayendo hacia un vasto agujero de anulación. Mensajes aleatorios se sucedían en la cabeza Jessie: “…interminables colas y colas de mujeres y hombres como usted…”, “…hasta pasiones religiosas”; de pronto su hija, siempre pequeña, una noche de otoño: “…a veces puedo verlo a Dios, mamá, y ¿quieres que te cuente un secreto? Los humanos jamás podrían decodificarlo…”; conversaciones triviales sobre alguna película; una tarde en Montevideo, desnuda bajo el sol; algunas canciones. Y lo palpable ahora en la voz de John, que la miraba sorprendido: “…tristeza, dolor físico”. Así, el mundo se le fue aguzando hasta la parodia de la realidad y comprimiéndose de un modo voraz y vertiginoso.

Pero incluso la fallas de los sistemas fallan (porque en Jessie el eje Y tenía un punto negro en la cima) y, antes de dejarse vencer por el vacío, la mujer cayó ferozmente contra la puerta de la Dirección, la destrozó con su peso y, desde el suelo, con una voz agónica y resonante como una frenada—el cuerpo sangrando, la mirada ciega—, alcanzó a ofrecer una nueva variable para todos sus compañeros.

—Program —aulló.

Y hubo caos.

 

8 comentarios

  1. ¡Es la caida del imperio Humano! Je je. Un gran relato que toca temas tan interesantes como el trabajo e incluso la creatividad dejada en manos de Seres artificiales.  ¿Qué pasa si incluso los robots pasan a crear la literatura y el arte que suponemos exclusivos del alma humana? Da miedo pensarlo.
    Felicitaciones por el relato y la ilustración. ¡Magnífico!

  2. Gracias, Exégesis, por la publicación, y a Narciso Martín por la excelente ilustración. 

  3. ¡Excelente relato! Yo comparo a ese robot  con aquellos autores en los cuales el proceso de escritura se hace de manera automática,mecánica, con fórmulas para el éxito, que tienen una función en la sociedad y sobre todo en el mercado. Yo quisiera saber más de Jessie P. Me ha gustado muchísimo.

  4. Jessie P. es un reflejo tan fidedigno de las sociedades reales que uno no puede más que acabar el relato y querer gritar un hurra por tener la valentía de desatar el caos. Ciencia Ficción en su estado más puro, pero con elementos que contienen una fuerte crítica social dan como resultado un relato fuerte, preciso y dolorosamente real, quizás inevitablemente cercanos. Muy bueno!!

  5. Vero, Jorgelina, Jesús, Morleena, ¡gracias por sus lecturas y sus apreciaciones! 😉 

  6. Daniel, amigo mio. La vida de muchos, hoy, es la vida del androide que trabaja para unos pocos. Me alegra saber, que en este relato hayas podido enseñar el pensamiento que te caracterizo siempre: Esa necesidad de no callar, de que notemos lo que pasa. Hoy, con mayor madurez, veo que sigues siendo fiel a tu manera de sentir las cosas.  Han pasado cuatro o cinco años de aquellos meses que solíamos compartir tristezas y alegrías, pero te tengo presente y me dibuja una sonrisa en la cara saber que estas haciendo lo que mas te gusta: escribir.  Espero que la tinta no se te acabe nunca, y que pese a la distancia me sigas asombrando con tu imaginación y tu ingenio.